LA CONVERSION IMPLICA SUPERAR EL MIEDO

-Supongo que es bastante normal sentir miedo ante este tipo de llamadas de Dios.
       
Es bastante normal. Además, ese temor no tiene por qué ser malo, sino que muchas veces es una 
muestra de que valoramos la importancia de lo que Dios nos pide, y comprobamos que nos da 
cierto vértigo. Por eso, tener miedo puede incluso ser señal de vocación. Si todo te diera 
igual, no sentirías miedo. El hecho de plantearse la entrega a Dios, y el que esa idea nos 
imponga un poco, ya es un dato importante, pues muy pocos llegan a pensar nunca en esa 
posibilidad, y si alguien les hablara de ello no les produciría ninguna inquietud.
       
-¿Y cómo superar el miedo? Son decisiones que entrañan riesgos importantes.
       
Voluntad. Tener el coraje de decir que sí a lo que Dios nos pida. Aunque suponga derribar de un 
manotazo todo un mundo cómodo de seguridades en el que estamos instalados. 
       
Así lo hizo la Virgen. Cuando el ángel le anuncia que va a ser Madre de Dios, se produce en ella
una turbación natural, y el ángel la tranquiliza: "No temas". Y le dice por qué: "Porque has 
hallado gracia ante los ojos de Dios". Nosotros tampoco debemos tener miedo, porque Dios nos 
da la gracia necesaria para seguir el camino que nos señala. 
       
Dios cuenta con todo eso. La percepción de la vocación, como sucedió con el anuncio del ángel a 
María, no es un acontecimiento aislado en la historia de la salvación, sino la continuación y 
culminación de una serie de intervenciones divinas anteriores. Dios va preparando todo, en la 
vida de cada uno, también lo que podría llamarse la psicología de la percepción de lo 
sobrenatural. Nos sitúa ante un anuncio que nos produce quizá maravilla, temor o admiración, 
ya que cuando percibimos la llamada captamos la trascendencia de lo que nos está sucediendo. 
Pero esa misma llamada nos ilumina interiormente y nos ayuda a superar el miedo natural que 
producen las intervenciones sobrenaturales. 
       
De todas formas, la clave no está en el miedo, sino en cómo reaccionamos ante ese miedo. Porque 
lo que distingue a un cobarde de un héroe, no es el miedo, sino su capacidad de superar ese 
miedo. Y el miedo siempre aparece ante todas las decisiones importantes, que siempre suponen 
riesgos. 
       
Unos te aconsejarán una cosa y otros otra. Si, por cobardía, tiendes a escuchar demasiado a los 
que "te apaciguan" y te dan "consejos tranquilizadores", para así nunca asumir riesgos, no 
decidirás con acierto. 
       
-Pero también puedes equivocarte por el otro extremo, si no consideras los riesgos y te dejas 
llevar por la precipitación o el entusiasmo de un momento.
       
Es cierto, y por eso hay que encontrar un punto intermedio que nos aleje tanto de la temeridad 
como de la indecisión. Pero sabes que no puedes pedir una seguridad matemática, ni metafísica. 
Tienes que aceptar el riesgo del amor, pero recuerda que es un riesgo en manos de Dios.
       
Dios quizá quiere contar contigo para llegar a mucha gente. No busca un simple paso adelante, 
un gesto, o un poco de tu tiempo. A lo mejor te pide, como a Jonás, una dedicación completa. 
Te pide cambiar de planes, cambiar de vida. Te muestra, quizá, un cometido concreto, una misión. 
Es mejor no hacer oídos sordos, como él hizo al principio, a pesar de ser tan claro 
el querer de Dios. Tuvo miedo, como quizá ahora tú, y puede que ese miedo no sea un simple 
vientecillo en tu corazón, sino a lo mejor un viento cada vez más fuerte que acabe volteando 
las campanas de tu alma.
       
Las decisiones más importantes de la vida dan un poco de miedo, pero hay que tomarlas. Como 
decía Benedicto XVI en una entrevista previa a su viaje a Alemania en 2006, el mundo necesita 
de nuestro compromiso personal por la búsqueda del bien, y necesita "el valor de tomar 
decisiones definitivas. En la juventud hay mucha generosidad, pero ante el riesgo de 
comprometerse para toda la vida, ya sea en el matrimonio o en el celibato, se experimenta miedo. 
El mundo está evolucionando mucho, y ahora parece que podemos disponer continuamente de nuestra 
vida entera con todos sus imprevisibles eventos futuros. ¿Entonces, con una decisión definitiva, 
no ato mi libertad y no me privo de la libertad de movimientos? Es preciso despertar el valor de 
atreverse a tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que hacen posible el 
crecimiento, caminar hacia adelante y alcanzar cualquier cosa importante en la vida, las únicas 
que no destruyen la libertad, sino que le ofrecen el mejor camino. Arriesgarse a dar este salto, 
tomar decisiones definitivas, y con eso acoger plenamente la vida, esto es algo que quisiera 
poder comunicar a los jóvenes."
       
-Parece entonces que todo esto es en buena parte cuestión de una decisión de la voluntad.
       
No puede olvidarse, por ejemplo, que el matrimonio no es simplemente un acto de sinceridad, de 
quien afirma con cierta solemnidad que cree que ama sinceramente al otro. Es sobre todo un acto 
de la voluntad, de quien se compromete a amar al otro, de quien sabe que la fuerza de ese amor 
no se mide por la intensidad emocional del momento presente, sino por la determinación de ambos 
para construir juntos ese camino de amor. Por eso el matrimonio es también un contrato entre dos
 personas que deciden libremente unir sus vidas, para los momentos buenos y para los malos, en 
la prosperidad y la adversidad, en la plenitud de la vida y en la enfermedad o la vejez.
       
-¿Piensas que el miedo a las decisiones importantes tiene que ver con la educación que uno ha 
recibido?
       
Indudablemente, pues para adquirir compromisos importantes hay que haber sido educado -y haberse 
educado a uno mismo- en una actitud de compromiso habitual por la mejora del mundo que nos rodea.
De lo contrario, los compromisos suelen eludirse, y eso lleva a que al final nos situemos casi 
inadvertidamente en unas coordenadas de egoísmo y de desimplicación. 
       
Sentir un poco de miedo, o bastante, ante una decisión importante en la vida, no debe considerarse
 extraño. Una verdadera educación debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy 
muchos consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables 
para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en todo su 
esplendor y su atractivo. De esa educación surge nuestro "no" a formas endebles y desfiguradas del 
amor o de la libertad, que son un "sí" al amor verdadero, a la realidad del hombre tal como ha sido 
creado por Dios.